Las inundaciones son uno de los fenómenos naturales más comunes y, al mismo tiempo, uno de los que mayores daños pueden causar a las personas, viviendas, infraestructura y ecosistemas.
Una inundación ocurre cuando el agua ocupa temporalmente zonas que normalmente permanecen secas. Puede producirse por lluvias intensas o prolongadas, desbordamiento de ríos, marejadas, tormentas costeras, deshielo o fallas en estructuras de control, entre otras causas.
Pero una inundación no depende únicamente de cuánta agua cae. También importan las características del terreno, la capacidad de infiltración del suelo, la pendiente, la vegetación, la forma en que se ha desarrollado una ciudad y la capacidad de la infraestructura para conducir y almacenar el agua.
Las ciudades tienen una relación particularmente complicada con la lluvia.
En un entorno natural, parte del agua puede infiltrarse en el suelo, ser retenida por la vegetación o almacenarse temporalmente en depresiones, humedales y otros espacios naturales.
Pero cuando construimos una ciudad, gran parte de esas superficies son reemplazadas por asfalto, concreto, edificios, estacionamientos y banquetas. Estas superficies son impermeables: dificultan o impiden que el agua se infiltre y hacen que una mayor cantidad de lluvia se convierta rápidamente en escurrimiento superficial.
En otras palabras:
más superficies impermeables → más escurrimiento → agua que llega más rápido al drenaje → mayor riesgo de inundación.
Además, el sistema de drenaje tiene una capacidad limitada. Cuando una tormenta produce más agua de la que las tuberías, canales, colectores, cárcamos y demás infraestructura pueden transportar, el agua comienza a acumularse en calles y zonas bajas.
Por eso, una ciudad puede inundarse incluso sin que exista un río desbordado.
La impermeabilización no es el único problema. También pueden influir:
Lluvias muy intensas en periodos cortos.
Topografía: las zonas bajas reciben el agua que escurre desde áreas más elevadas.
Drenaje insuficiente o envejecido.
Coladeras y conductos obstruidos por basura y sedimentos.
Pérdida de áreas verdes, humedales y zonas de almacenamiento natural.
Construcción en zonas de riesgo o antiguas áreas de inundación.
Cambios en los patrones de precipitación, que pueden aumentar la presión sobre sistemas diseñados para condiciones diferentes.
Esto significa que una inundación urbana casi nunca tiene una sola causa. Generalmente es el resultado de la combinación entre lluvia, territorio, infraestructura y forma de urbanización.
Las inundaciones han formado parte de la historia de muchas ciudades y han demostrado repetidamente que el agua puede superar incluso grandes obras de infraestructura.
Uno de los ejemplos más importantes para México ocurrió el 15 de julio de 1951, cuando una gran inundación afectó amplias zonas de la Ciudad de México.
El agua permaneció durante aproximadamente tres meses y llegó a alcanzar grandes profundidades en las zonas más bajas. El desastre impulsó importantes modificaciones al sistema de drenaje de la ciudad, incluyendo obras de bombeo, ampliación de infraestructura y trabajos relacionados con el Gran Canal.
Este episodio también muestra algo fundamental: una ciudad puede construir enormes sistemas hidráulicos y aun así continuar siendo vulnerable si las condiciones del territorio y el crecimiento urbano cambian.
En 2022, Pakistán sufrió una de las inundaciones más devastadoras de su historia reciente. Las lluvias del monzón afectaron a aproximadamente 33 millones de personas, mientras grandes extensiones del país permanecieron bajo el agua.
El caso demuestra que las inundaciones pueden convertirse en una crisis que va mucho más allá de las calles inundadas: pueden destruir viviendas, carreteras, cultivos, sistemas de agua, hospitales y otras infraestructuras esenciales.
Estos ejemplos son muy diferentes entre sí, pero tienen algo en común: el riesgo de inundación depende tanto del fenómeno natural como de la vulnerabilidad de las sociedades que se encuentran en su camino.
No podemos impedir que llueva, pero sí podemos reducir considerablemente el riesgo y los daños.
La solución no consiste únicamente en construir tuberías cada vez más grandes. Una estrategia efectiva combina infraestructura hidráulica, planeación urbana y recuperación de procesos naturales.
Los parques, humedales, áreas verdes, cauces naturales y zonas de almacenamiento pueden ayudar a retener temporalmente el agua y disminuir la velocidad con la que llega a los sistemas de drenaje.
Los pavimentos permeables permiten que parte del agua atraviese la superficie y se infiltre en el terreno, reduciendo el escurrimiento superficial.
Los jardines de lluvia, zanjas de infiltración, áreas de almacenamiento y sistemas de captación pueden ayudar a manejar el agua cerca del lugar donde cae, en lugar de enviarla inmediatamente hacia las tuberías.
La prevención también comienza fuera de las ciudades. Conservar bosques, suelos y vegetación en las partes altas de una cuenca ayuda a reducir la velocidad del escurrimiento y la erosión.
Una ciudad resiliente no intenta simplemente expulsar el agua lo más rápido posible. También busca retenerla, infiltrarla, almacenarla y conducirla de manera segura.
Este enfoque está relacionado con conceptos como la infraestructura verde, el desarrollo de bajo impacto y las llamadas ciudades esponja, que buscan recuperar parte de la capacidad natural del territorio para gestionar la lluvia.
Una inundación no es simplemente "demasiada agua".
Es el resultado de una cantidad de agua que llega a un lugar donde no puede infiltrarse, almacenarse o evacuarse con suficiente rapidez.
Por eso, entender las inundaciones requiere mirar más allá de la lluvia. Hay que estudiar el suelo, la topografía, las cuencas, la infraestructura y, especialmente, la manera en que construimos nuestras ciudades.
El objetivo no debería ser luchar contra el agua, sino aprender a convivir con ella y darle un espacio seguro dentro de nuestras ciudades.
Y ahí es donde la hidrología y la ingeniería hidráulica se convierten en herramientas fundamentales para construir ciudades más seguras y resilientes.